Excesiva. Creo que ese es el adjetivo que mejor define a la última película de Peter Jackson. Y es que este remake del film del mismo título de 1933, son 3 horas de derroche visual, sin tener en cuenta que en ocasiones puedes perderte en detalles innecesarios para el metraje final. Lo que en otros largometrajes se suprime para dar ritmo, y evitar de paso redundancias y planos que no son necesarios para el entendimiento de la historia, aquí están metidos hasta la saciedad. Por ejemplo, la secuencia de la estampida de los brontosaurios (que parecía un encierro de San Fermín) dura excesivamente, solo por el mero hecho de alargar una secuencia ya de por si espectacular. O la “entrañable” secuencia de Kong con Ann Darrow en el lago congelado, que se extiende demasiado con multitud de planos repetitivos del gorila gigante resbalando por el hielo.
A pesar de todo, King Kong tiene una puesta en escena, fotografía, composición de encuadres, efectos especiales, decorados, color e iluminación inmejorables, lo que hizo que disfrutase durante las tres horas de película sin que se me hiciese pesada, gracias en gran medida al trabajo de la gente de Weta.

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